Viajaba yo por el Metro de Caracas hacia mi lugar de estudios ensimismado, a tempranas horas de la mañana, en mis propias ideas, ya había pasado la angustia de que tan puntual podía llegar a mi primera clase, a fin de cuentas ya no dependía de mi sino de la rutinaria velocidad de los trenes subterráneos capitalinos. Acostumbrado como estoy a moverme en automóvil, el uso del transporte público sigue siendo algo un tanto curioso para mí, no por su básico uso, sino por el entorno que crea; compartir con personas de los mas variados estratos sociales, raza y nivel educativo es una experiencia agradable para cualquiera que tenga interés en los temas sociales.
Me encontraba ya dentro del vagón, sentado en uno de los plásticos asientos que afortunadamente había conseguido vacío, frente a mi asiento se encontraba un hombre de por lo menos cinco docenas de años, sentado también ojeando el diario “Vea”, cúspide de la montaña de falacias gubernamentales. A mi lado otro hombre de mediana edad, tez oscura y bigote, callado y con la vista fija en la ventana o en la publicidad colocada en las paredes del vagón; más allá se encontraban de píe un grupo de liceistas casi-bachilleres hablando de los temas mas banales posibles mientras el ir y venir del tren los tambaleaba; dos asientos más allá del lector chavista se encontraba una mujer, de rasgos amerindios, con los brazos cruzados y expresión malhumorada, se notaba en su vestimenta que provenía de los estratos pobres de la sociedad; a su lado recostaba la cabeza contra la ventana un hombre vestido con camisa y corbata, de tez clara y anteojos, el típico oficinista, con una expresión de aburrimiento y desinterés total en el entorno, en los demás asientos se veían estudiantes universitarios, amas de casa de clase baja, señoras de estratos medios que se podría asumir iban a realizar las mas variadas diligencias, y otras personas generalmente de estratos bajos que se disponían a asistir a sus puestos de trabajos. La regla general en todo el colectivo era, que a nadie parecía importarle el colectivo mismo, cada quien se encontraba envuelto en sus asuntos, en sus necesidades y en sus deberes, sin afectar al vecino ni importarle si se encontraba afectado, y todo obviamente marchaba en paz.
No podía observar en nadie desprecio hacia el prójimo, ni siquiera en el lector chavista logré observar algún tipo de desgano, si quiera interés, por la vida de las personas que obviamente pertenecían a un estrato social diferente, mas elevado al suyo, como lo eran las señoras antes mencionadas o los estudiantes universitarios. No observé ninguna fricción social, ni “odio de clases”, no por que todos estaban felices y contentos con la situación económica propia y externa, sino por que sencillamente les resultaba mas importante e interesante dedicar sus pensamientos a las ideas propias; el resultado de ésto no era el egoísmo anti-social en que el prójimo es alguien para ser pisado, todo lo contrario, cada quien respetaba el espacio del otro, sin otro requisito que se respetara el propio.
La moraleja de esta historia es, a mi juicio, que la paz es una consecuencia inherente al individualismo, es decir, a no querer afectar la vida ajena o a juzgar sobre la misma.